Luis Enrique, sobre un volcán

0
358

El desastre de París marca el momento más crítico para el entrenador, que puede condicionar, además, su futuro

Marcos López

Hay derrotas que desnudan a todo el mundo. Desde el entrenador al presidente, en un efecto dominó que nadie sabe muy bien cuándo y cómo acabará. Hay derrotas que sitúan al Barça al borde del abismo, quizá porque lleva tiempo caminando sobre un alambre en un ejercicio de funambulismo que en París le llevó a estrellarse contra el suelo. Sin red. Por más que le quede una última vida en la vuelta en el Camp Nou, resucitar exige mucho más que un milagro. El desastre de París deja en una delicada situación, sobre todo, a Luis Enrique, instalado sobre un volcán, cuya lava es imprevisible.

Europa queda ahora como una utopía para el equipo del tridente –nadie ha remontado un 4-0 adverso en la Champions moderna–, muy lejos de los tiempos de gloria que le llevaron a conquistar Berlín. No hace tanto tiempo. Ni dos años han pasado. El técnico, que ofreció su cara más crispada fuera del campo dejando con la palabra en la boca a Jordi Grau, el periodista de TV-3, tampoco supo encontrar respuestas futbolísticas para detener la hemorragia que le provocó el vertical, eléctrico y camaleónico equipo de Unai Emery. Sin tridente (Messi, Suárez y Neymar se fueron de París sin tirar a puerta), no hay paraíso para Luis Enrique.

Tras abandonar París despojado de todo ropaje, el Barça se ha quedado mudo, cancelando ayer, y de forma inmediata, dos actos extradeportivos: uno de Piqué en Barcelona sobre nutrición y otro de Messi en Egipto para promocionar una campaña contra la hepatitis C. Antes del entrenamiento, hubo una reunión. Fue media hora de charla para decirse las cosas a la cara. Luego, el silencio.

Silencio que da aún más valor a las palabras de Luis Enrique, quien se puso el primero en la fila de la autocrítica. «Podíamos haber hecho el pino y hubiera pasado lo mismo. Si hay un responsable, ese soy yo. No le busquéis más cositas», argumentó, anticipándose a la tormenta que se le venía encima. Más que una tormenta, es un verdadero tsunami.

Diferente al que vivió en enero del 2015 en Anoeta cuando Luis Enrique sentó a las estrellas en el banquillo y perdió ante la Real, pero mucho más profundo: hace 10 años que el Barça no es eliminado en unos octavos de final de la Champions. Ocurrió con el Barça de Rijkaard frente al Liverpool de Benítez, en el primer signo de descomposición que derivó en la autocomplacencia retratada en la barriga de Ronaldinho, la sonrisa que activó el círculo virtuoso, ahora convertido en embajador.

Llega este durísimo tropiezo para Luis Enrique en su tercer año, justo cuando su discurso no cala con tanta fuerza en el grupo, erosionado, como le pasa a todos los entrenadores, por el paso del tiempo. Aún más en el Camp Nou. Llega, además, tras disponer, como pregonó él mismo, de la «mejor plantilla» desde que llegó al Barça, en una frase que pronosticó que le perseguiría y que hoy resuena con fuerza ante la tibieza de André Gomes (falló el 1-1 en una jugada que evoca a la de Jose Mari con el Barça de Cruyff en 1995, precisamente también en París) y la imagen de Alcácer en el banquillo.

Ni siquiera agotó los cambios Luis Enrique, revelando con esa inacción los problemas estructurales en la confección de la plantilla, que no tiene, por ejemplo, un lateral derecho específico desde la marcha de Dani Alves. Llega el técnico también siendo dueño como es de su destino porque acaba contrato el próximo 30 de junio, mientras la junta aguarda expectante que diga algo. En idéntica situación se halla Messi.

O sea, Bartomeu anda pendiente de que la estrella, el verdadero pilar del Barça, no tenga la tentación de irse el 30 de junio del 2018, sin saber tampoco si Luis Enrique tiene la energía suficiente para rubricar un nuevo contrato dentro de cuatro meses.

El club dice que no tiene plan B («hablaremos con Luis en abril o mayo», recalcó Bartomeu en diciembre pasado), pero trabaja en silencio por si el asturiano decide marcharse. De hecho, Luis Enrique repite la misma estrategia que siguió Guardiola cuando dirigía al equipo azulgrana.

Jorge Sampaoli, que tiene una cláusula de rescisión de solo 1,5 millones para salir del Sevilla, sería una de las alternativas, al igual que Valverde (Athletic), quien pudo dirigir dos veces al Barça, pero no se concretó ninguna. El terrible 4-0, terrible porque no solo anuló al Barça hasta hacerlo vulgar sino que destapó su dimisión para rebelarse, tuvo un efecto devastador en el vestuario, que difundió dos discursos distintos tras tan estrepitosa caída.

«Nos imaginábamos otra cosa, habíamos preparado el partido diferente», admitió Busquets sobre el mismo césped parisino, lo que originó la airada respuesta del técnico. «No sé, no sé a lo que se refiere». Iniesta no duda: «No es actitud, es fútbol». «Nunca me había pasado algo así», confesó Neymar. Ni a Luis Enrique, que ve el bosque en llamas.

DEJA UNA RESPUESTA