La fábrica de canciones ¿Cómo nace un ‘hit’?

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El libro ‘La fábrica de canciones’, de John Seabrook, se adentra en la creación de los éxitos pop de los últimos 20 años

Por JUAN MANUEL FREIRE

Todo el mundo conoce las canciones pop de éxito, pero casi nadie a sus verdaderos autores, que no suelen ser los artistas que dan la buena imagen y, al menos en los 90, bailaban las coreografías. El periodista John Seabrook (en plantilla de ‘The New Yorker’ desde hace casi un cuarto de siglo) se planteó un día dar respuesta a esas preguntas: ¿quién estaba realmente detrás de esa música ubicua? ¿Y cómo construían esos ‘hits’? El resultado de su investigación fue ‘La fábrica de canciones’ (Reservoir Books), ensayo monumental y muy serio sobre una parcela cultural que a menudo se toma injustamente poco en serio.

Seabrook no fue siempre un devoto del pop ‘mainstream’, sino más bien un rockero de pura cepa: “La música que me gustaba era la que tenía la guitarra en el centro”, admite en distendido diálogo telefónico. “Ni siquiera me gustaba mucho Madonna; no me parecía interesante”. Fue su hijo quien le introdujo seriamente en el terreno del pop contemporáneo para las masas al resintonizar las emisoras de la radio del coche. “¿Eso era música?”, recuerda Seabrook que se preguntó. Escribe en el libro: “La música me recordaba un poco al ‘bubblegum pop’, la música chicle de mi preadolescencia, pero tenía sabor a vodka y estaba aderezada con éxtasis”.

Entrelazados diabólicos de melodía y ritmo, ‘hooks’ (o ‘anzuelos’, frases cortas cantadas) como castillos y un arsenal de sonidos extraños aderezando todo. Estos son, a grandes rasgos, los ingredientes de una clase de pop que Seabrook primero no acabó de entender, pero al que pronto acabó adicto como el que más. Y en lugar de dejarse, sin más, atrapar por los subidones, quiso entenderlo en profundidad.

Seabrook sabía mucho más sobre los compositores del Brill Building de los años 60 que sobre la gente que crea los éxitos anglófonos de Los 40. Como descubrió pronto, son pocos (“una misteriosa hermandad de magos musicales”, escribe en el libro) y usan alias para ayudar a mantener la ilusión de que el cantante es el autor de la canción.

A poca gente le suena, por ejemplo, el nombre de Denniz PoP, pero ¿y si mencionamos una pequeña canción llamada ‘All that she wants’? PoP fue principal responsable del éxito de Ace Of Base, ejemplo seminal del pop entendido como ciencia de laboratorio, con el ordenador como primer instrumento. Al contrario que los artistas del Brill Building, PoP no se preocupaba mucho por el ingenio de las letras, ni siquiera por su corrección gramatical. Según su idea de la ‘matemática melódica’, lo importante era encajar el sonido de las letras con la melodía. El pop perfecto era esto.

La odisea narrada por Seabrook arranca, así, en Estocolmo, donde PoP estableció sus famosos estudios Cheiron, una fábrica de ‘hits’ formada por compositores y productores locales. Fue aquí donde Backstreet Boys grabaron sus primeros éxitos y donde Britney Spears acabó, en solo diez días, más de la mitad de su superventas disco de debut. Denniz, enfermo de cáncer, no pudo trabajar con ella. Se puso a los mandos su discípulo Max Martin, a posteriori convertido en el mayor ‘hitmaker’ de la historia.

Seabrook no consiguió entrevista con Martin. Alrededor de estas figuras todavía impera el secretismo. “Realmente te quieren hacer creer que Rihanna compone sus canciones”, dice el autor. Pero habló con, por ejemplo, Dr. Luke, un neoyorquino que viajó regularmente a Estocolmo para convivir con Martin y tratar de absorber su toque mágico; saltó a la fama al producir, mano a mano con su amigo sueco, ‘Since u been gone’ de Kelly Clarkson. “Cuando entrevisté a Dr. Luke todavía no se había destapado la historia de Kesha [quien en el 2014 demandó al productor por agresión sexual y acoso moral]. La verdad es que, si pudiera rehacer el libro, insistiría en la parte sexista de la industria. Toda la maquinaria de la música pop es sexista: todos los productores, y digo todos, son hombres. Ninguna mujer ha ganado un Grammy como productora”.

Ni siquiera la gran Ester Dean lo ha conseguido (fue nominada por su trabajo en el álbum ‘Loud’ de Rihanna). Dice Seabrook que los minutos de entrevista más divertidos fueron los que pasó con Dean: “Tiene un don. Estás con ella y de repente da un salto, se acerca a un micro y puede improvisar un estribillo de éxito. Eso es magia. Quiero recalcar que esa magia existe. La gente piensa que el pop moderno se basa en pulsar un botón, pero no es solo una máquina”.

En cualquier caso, Seabrook tampoco elude en su libro el lado maquinal de la industria musical. El capítulo más turbador es el dedicado al K-pop (el pop surcoreano) y la figura de Lee Soo-man, creador de un sistema de ídolos que entrena estrictamente a chicos y chicas para una carrera que puede acabar a la segunda canción o ni siquiera empezar.

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